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Moral y Dogma (Príncipe del Tabernáculo)

Moral y Dogma (Príncipe del Tabernáculo)

(EDICIÓN DIGITAL) Traducción definitiva de un texto capital de la Masonería. Albert Pike recoge en Moral y Dogma las enseñanzas de los distintos grados del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en un intento de retornar la Iniciación hacia sus contenidos originales así como de defender el compromiso individual con los valores masónicos.

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10,00 € IVA incluído

Título: Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (Príncipe del Tabernáculo)
Autor: Albert Pike
Traductor: Alberto Moreno Moreno
Colección: Serie Azul
1ª edición, 2010
ISBN (edición papel): 978-84-92984-33-6
ISBN (edición digital): 978-84-92984-34-3
Edición digital PDF
PVP: 10 euros

 

 

DESCRIPCIÓN

 

Entre las antiguas naciones existía, al margen del culto público, otro minoritario denominado los Misterios, a los que únicamente eran admitidos aquellos que habían sido preparados por medio de ciertas ceremonias llamadas Iniciaciones. En todas partes, y en todas sus formas, los Misterios estaban imbuidos de carácter fúnebre; y celebraban la muer...te mística y la restauración a la vida de algún personaje heroico o divino, variando los detalles de la leyenda y la forma de muerte según los distintos países en que los Misterios eran practicados. El simbolismo de los Misterios pertenece tanto a la astronomía como a la mitología, y la leyenda del grado de Maestro de la Masonería no es más que otra forma de los Misterios; una leyenda que se remonta, de una u otra forma, a la más remota antigüedad. Es imposible saber ahora si la leyenda se originó en Egipto, o si se tomó prestada de la India o de Caldea. Pero los hebreos sí recibieron los Misterios de los egipcios, y desde luego estaban familiarizados con su leyenda, siendo conocida como era por los iniciados egipcios Josué y Moisés. Todas las ciencias eran impartidas allí, así como todas las tradiciones, orales o escritas, que se remontaban al amanecer de los tiempos.


ÍNDICE

XIX Gran Pontífice

XX Gran Maestro de Todas las Logias Simbólicas

XXI Noaquita, o Caballero Prusiano

XXII Caballero del Hacha Real, o Príncipe del Líbano

XXIII Jefe del Tabernáculo

XXIV Príncipe del Tabernáculo



EXTRACTOS

En los Misterios de Baco, el aspirante era mantenido en terror y oscuridad para simbolizar los tres días y noches, y se le hacía representar el Afanismo (Αφαυισμος), o ceremonia que representaba la muerte de Baco, a la postre el mismo personaje mitológico que Osiris. Esto se efectuaba confinando al candidato en una angosta celda, de forma que pudiese reflexionar seriamente, en soledad y oscuridad, acerca del compromiso que estaba a punto de adquirir, y su mente se preparaba para recibir las verdades sublimes y misteriosas de la revelación primitiva y la filosofía. Esta era una muerte simbólica; y el triunfo sobre ella era la regeneración, tras lo cual recibía el nombre de Dos Veces Nacido, Difuns (διφυης). Durante su confinamiento en la celda, la persecución de Tifón tras el cuerpo de Osiris, y la búsqueda de Rhea o Isis en pos del cadáver, eran percibidas por sus oídos; y el iniciado gritaba en voz alta los nombres de esa Deidad derivados del sánscrito. Entonces se anunciaba que el cuerpo había sido hallado, y el aspirante era liberado entre exclamaciones de alegría y júbilo, tras lo cual el candidato pasaba a través de una representación del Infierno y el Elíseo. “Entonces”, dijo un antiguo autor, “son festejados con himnos y danzas, con las sublimes doctrinas del sagrado conocimiento, y con visiones maravillosas y santas. Y un vez que se han vuelto iniciados y perfectos, son LIBRES, y quedan libres de sus ataduras; y coronados y triunfantes, suben y bajan a las regiones de los benditos, conversos con los hombres puros y santos, y celebran los sagrados Misterios en toda su plenitud”. Se les enseñaba la naturaleza y el objeto de los Misterios, y los medios para darse a conocer entre ellos, y recibían el nombre de Epoptes; eran instruidos plenamente en la naturaleza y atributos de la Divinidad, y en la doctrina de una vida futura; y se les familiarizaba con la unidad y atributos del Gran Arquitecto del Universo, y el verdadero sentido de las fábulas en torno a los dioses del paganismo: la gran Verdad tan a menudo proclamada, que “Zeus es la Fuente primitiva de todas las cosas; hay Un Dios, Un Poder, y Uno gobierna sobre todos los demás”. Y tras una explicación detallada de los muchos símbolos y emblemas que les rodeaban, eran despedidos con las palabras bárbaras Koge (Κογξ) y Ompaks (Ομπαξ), corrupciones de las palabras sánscritas Kansha Aom Pakscha, que significan “objeto de nuestros deseos, Dios, Silencio, o Adoración de la Deidad en Silencio”.


Es obvio que Moisés fue iniciado; pues no solamente fue criado en la corte del Rey, como hijo adoptivo de su hija, permaneciendo en ella hasta la edad de cuarenta años; sino que fue instruido en todas las enseñanzas de los egipcios, contrayendo matrimonio posteriormente con la hija de Yethru, igualmente Sacerdotisa de An. Tanto Estrabón como Diodoro afirman que él mismo era Sacerdote de Heliópolis. Antes de partir para el desierto, la relación entre Moisés y la casta sacerdotal era realmente íntima; y según Josefo, capitaneó un ejército enviado por el Farón contra los etíopes. Simplicio afirma que Moisés recibió de los egipcios, en los Misterios, las doctrinas que enseñó a los hebreos. Y Clemente de Alejandría y Filón afirman que Moisés fue teólogo y profeta, así como intérprete de las Leyes Sagradas. Manetón, citado por Josefo, dice que era Sacerdote de Heliópolis, y que su verdadero y auténtico nombre egipcio era Asersaf u Osarsif. En el modelado de la institución sacerdotal hebrea, en sus poderes y privilegios, así como en sus inmunidades y la santidad que les era conferida, Moisés siguió escrupulosamente el patrón de las instituciones egipcias, haciendo público el culto a esa Deidad que los egipcios adoraban en privado, y esforzándose por impedir que el pueblo retornase a su viejo sincretismo de supersticiones caldeas y egipcias y a la idolatría, cosa que siempre estuvieron dispuestos a hacer; como demuestra el hecho de que Aarón, ante el descontento popular, restaurase el culto al dios egipcio Apis bajo la forma de un becerro de oro.


La celebración de los Misterios Griegos continuaba, según las opiniones más autorizadas, durante nueve días. En el primero se encontraban los iniciados. Era el día de la Luna Llena del mes de Boedromion, cuando la luna está llena al final del signo de Aries, cerca de las Pléyades y del lugar de su exaltación en Tauro. En el segundo día se celebraba una procesión hacia el mar, con baños purificadores. El tercero se ocupaba en ofrendas, sacrificios expiatorios y otros ritos religiosos, tales como ayunar, practicar el duelo y la continencia, etc… Se llevaban a cabo ofrendas de grano y de animales vivos. En el cuarto se llevaban en procesión la mística corona de flores, representando las que se le cayeron a Proserpina cuando fue capturada por Plutón, así como la corona de Ariadna en los Cielos. Era llevada en un carro triunfal tirado por bueyes, y las mujeres lo seguían llevando cofres rituales envueltos en telas púrpuras que contenían granos de sésamo, galletas piramidales, sal, granadas y la misteriosa serpiente; y quizá el falo místico. En el quinto se celebraba la soberbia procesión de antorchas, que conmemoraba la búsqueda de Proserpina por Ceres. Los iniciados marchaban en tríos, portando cada uno una antorcha. A la cabeza de la procesión marchaba el Dadoukos. El sexto día estaba consagrado a Íacos, el joven Dios – Luz, hijo de Ceres, levantado en los santuarios y portando la antorcha del Dios – Sol. El coro de Aristófanes le ensalza como “estrella luminosa que alumbra la iniciación nocturna”. Era portado, con su cabeza coronada de mirto, desde la puerta del Cerámico hasta Eleusis por la Vía Sacra entre danzas y canciones sagradas. En el séptimo día tenían lugar ejercicios gimnásticos y combates, cuyos vencedores eran coronados y recompensados. El octavo día era la festividad de Esculapio. En el noveno día se celebraba la famosa libación por las almas de los difuntos. Según Ateneo, los sacerdotes llenaban dos vasijas y situaban una en el Este y otra en el Oeste, próximas a las puertas del día y la noche, y las volcaban pronunciando una misteriosa oración. De esta forma invocaban a la Luz y la Oscuridad, los dos grandes principios de la Naturaleza.


Así continuó Apuleyo: “Cuando estaba por fin a punto de ser iniciado, fui conducido a unos baños próximos, y tras bañarme, el Sacerdote solicitó en primer lugar el perdón de los Dioses, y me asperjó por todo el cuerpo con la más clara y pura agua, llevándome de vuelta al templo; Donde, tras proporcionarme una instrucción que la lengua mortal no me permite revelar, me instó a restringir mi apetito durante los siguientes diez días, a no comer carne ni pescado, y a no beber vino. Una vez pasados estos diez días, el Sacerdote le llevó a la parte más interior del Santuario. Y aquí, estudioso lector, por ventura estarás suficientemente ansioso por conocer lo que se dijo e hizo, lo que, de ser lícito divulgar, yo te diría; y de ser lícito escucharlo, tú lo oirías. Sin embargo, aun a riesgo de ser presa del castigo destinado tanto a los que revelan como a los que escuchan, y por temor a que resultes demasiado atormentado por el ansia religiosa y sufras el dolor de un suspense demasiado prolongado, diré la verdad. Escucha, pues, lo que te relataré: Me aproximé a la morada de la muerte; con mi pié atravesé el umbral del Palacio de Proserpina. Fui transportado a través de los Elementos, y traído de vuelta de nuevo. A Medianoche contemplé la brillante luz del Sol resplandeciente. Permanecí en presencia de los Dioses, de los Dioses del Cielo y de las Sombras del Inframundo. Permanecí próximo, y adoré. Y esto que te he dicho queda necesariamente fuera de tu entendimiento, y más allá de la comprensión del profano, de forma que he podido enunciarlo sin cometer el crimen de revelar lo que no debe ser revelado. Cuando la noche hubo pasado y el día amanecido, las ceremonias habituales llegaron a su fin”. Entonces fue consagrado con doce estolas puestas sobre él, fue vestido, coronado con hojas de palma y mostrado al pueblo. El resto de ese día fue celebrado como su cumpleaños y transcurrió entre festividades. Y al tercer día se repitieron las mismas ceremonias religiosas, incluido un desayuno litúrgico, seguido de una consumación final de las ceremonias.


La instrucción simbólica queda recomendada por el empleo constante y uniforme que experimentó en la antigüedad, pues ha mantenido su eficacia a través de todos los tiempos como sistema de comunicación mistérica. La Deidad, en sus revelaciones al hombre, adoptó el uso de imágenes naturales con el propósito de realzar las verdades sublimes, y Cristo enseñó por medio de parábolas. El misterioso conocimiento de los druidas fue plasmado en signos y símbolos. Taliesin, describiendo su iniciación, comenta: “Los secretos me fueron mostrados por la vieja Gigante Ceridwen (o Isis), sin emplear un lenguaje audible”. Y añade, “Mi destreza es silenciosa”. La Iniciación era una escuela en la que se impartían las verdades de la Revelación primitiva, la existencia y atributos del Dios Uno, la inmortalidad del alma, la recompensa y el castigo en una vida futura, los fenómenos de la Naturaleza, las artes, las ciencias, la moral, las leyes, filosofía y filantropía, y lo que ahora conocemos como psicología y metafísica, junto con el magnetismo animal y otras ciencias ocultas. Todas las ideas de los sacerdotes del Indostán, de Persia, Siria, Arabia, Caldea y Fenicia eran conocidas por los sacerdotes egipcios. La racional filosofía india, tras penetrar en Persia y Caldea, dio origen a los Misterios Egipcios. Vemos que el uso de jeroglíficos fue precedido en Egipto por el empleo de símbolos y figuras fácilmente comprensibles, procedentes de los reinos mineral, animal y vegetal, ya empleados por indios, persas y caldeos para expresar su pensamiento; y esta filosofía primitiva fue la base de la posterior filosofía de Pitágoras y Platón.


Nada sobrepasa y nada iguala, como compendio de todas las doctrinas del Mundo Antiguo, a esas breves palabras grabadas por Hermes en una roca, conocida bajo el nombre de “La tablilla de Esmeralda”; la Unidad del Ser y la Unidad de las Armonías, ascendiendo y descendiendo por la escala progresiva y proporcional de la Palabra, y el desarrollo de las analogías universales; la relación de la Idea con la Palabra, que proporciona la medida de la relación entre el Creador y lo Creado; las matemáticas necesarias de lo Infinito, demostradas por las medidas de una pequeña porción de lo Finito. Todo esto queda expresado por esa única sentencia del Gran Hierofante egipcio: “Lo Superior como lo Inferior, y lo que es Abajo como es Arriba, para formar las Maravillas de la Unidad”.


El Apocalipsis es, para aquellos que reciben el Grado XIX, la Apoteosis de esa fe Sublime que aspira únicamente a Dios y desprecia todas las pompas y las obras de Lucifer. ¡Lucifer, el Portador de la Luz! ¡Extraño y misterioso nombre para otorgárselo al Espíritu de la Oscuridad! ¡Lucifer, el Hijo de la Mañana! ¿Es él quien lleva la Luz, y quien con sus esplendores intolerables ciega a las almas débiles, carnales o egoístas? ¡No lo dudes! Pues las tradiciones están llenas de Revelaciones Divinas e Inspiraciones, y la Inspiración no pertenece a una época ni a un credo. Desde luego, el Apocalipsis es un libro tan oscuro como el Sohar. Está escrito de forma jeroglífica, con números e imágenes; y el Apóstol con frecuencia apela a la inteligencia del Iniciado. “¡Que el que tenga conocimiento, entienda. Que el que tenga entendimiento, calcule!”, dice a menudo, tras la alegoría o mención de un número. San Juan, el Apóstol favorito, y depositario de todos los Secretos del Salvador, no escribió, por lo tanto, para ser comprendido por la multitud.


El Trabajo es un ministerio más beneficioso de lo que la ignorancia del hombre puede comprender, o de lo que sus lamentos admitirían. Incluso cuando no se percibe su finalidad, no es esfuerzo desperdiciado. Siempre es entrenamiento, desarrollo de energía, alimento de virtudes y escuela de mejora. Desde el pobre niño que recoge unas ramas para la hoguera de su madre, hasta el fornido hombre que abate el roble, guía el barco o el coche de vapor, todo trabajador, con cada paso agotador y cada tarea urgente, obedece a una sabiduría que está muy por encima de su entendimiento, y cumple una misión más allá de su propio destino. La gran ley de la industria humana es esta: que el trabajo, llevado a cabo con la mano o con el intelecto, la aplicación de nuestras capacidades a alguna tarea, para alcanzar algún resultado, es el cimiento de todo mejoramiento humano. El destino más elevado del hombre no es ser feliz y deleitarse en cosas placenteras. Su verdadera fuente de desgracia debería ser encontrarse en la imposibilidad de trabajar, no pudiendo cumplir su destino como ser humano. Los días se van, nuestra vida pasa, y llega la noche en la que ningún obrero puede trabajar. Una vez que esa noche ha llegado, nuestro pesar y nuestra alegría se desvanece, se convierte en lo mismo que las cosas que nunca fueron. Pero nuestro trabajo no desaparece. Permanece, igual que permanece la voluntad que lo llevó a cabo, por toda la Eternidad y los Siglos de los Siglos. Y la Masonería es la apoteosis del trabajo.


En los Misterios de Baco, el aspirante era mantenido en terror y oscuridad para simbolizar los tres días y noches, y se le hacía representar el Afanismo (Αφαυισμος), o ceremonia que representaba la muerte de Baco, a la postre el mismo personaje mitológico que Osiris. Esto se efectuaba confinando al candidato en una angosta celda, de forma que pudiese reflexionar seriamente, en soledad y oscuridad, acerca del compromiso que estaba a punto de adquirir, y su mente se preparaba para recibir las verdades sublimes y misteriosas de la revelación primitiva y la filosofía. Esta era una muerte simbólica; y el triunfo sobre ella era la regeneración, tras lo cual recibía el nombre de Dos Veces Nacido, Difuns (διφυης). Durante su confinamiento en la celda, la persecución de Tifón tras el cuerpo de Osiris, y la búsqueda de Rhea o Isis en pos del cadáver, eran percibidas por sus oídos; y el iniciado gritaba en voz alta los nombres de esa Deidad derivados del sánscrito. Entonces se anunciaba que el cuerpo había sido hallado, y el aspirante era liberado entre exclamaciones de alegría y júbilo, tras lo cual el candidato pasaba a través de una representación del Infierno y el Elíseo. “Entonces”, dijo un antiguo autor, “son festejados con himnos y danzas, con las sublimes doctrinas del sagrado conocimiento, y con visiones maravillosas y santas. Y un vez que se han vuelto iniciados y perfectos, son LIBRES, y quedan libres de sus ataduras; y coronados y triunfantes, suben y bajan a las regiones de los benditos, conversos con los hombres puros y santos, y celebran los sagrados Misterios en toda su plenitud”. Se les enseñaba la naturaleza y el objeto de los Misterios, y los medios para darse a conocer entre ellos, y recibían el nombre de Epoptes; eran instruidos plenamente en la naturaleza y atributos de la Divinidad, y en la doctrina de una vida futura; y se les familiarizaba con la unidad y atributos del Gran Arquitecto del Universo, y el verdadero sentido de las fábulas en torno a los dioses del paganismo: la gran Verdad tan a menudo proclamada, que “Zeus es la Fuente primitiva de todas las cosas; hay Un Dios, Un Poder, y Uno gobierna sobre todos los demás”. Y tras una explicación detallada de los muchos símbolos y emblemas que les rodeaban, eran despedidos con las palabras bárbaras Koge (Κογξ) y Ompaks (Ομπαξ), corrupciones de las palabras sánscritas Kansha Aom Pakscha, que significan “objeto de nuestros deseos, Dios, Silencio, o Adoración de la Deidad en Silencio”.


Es obvio que Moisés fue iniciado; pues no solamente fue criado en la corte del Rey, como hijo adoptivo de su hija, permaneciendo en ella hasta la edad de cuarenta años; sino que fue instruido en todas las enseñanzas de los egipcios, contrayendo matrimonio posteriormente con la hija de Yethru, igualmente Sacerdotisa de An. Tanto Estrabón como Diodoro afirman que él mismo era Sacerdote de Heliópolis. Antes de partir para el desierto, la relación entre Moisés y la casta sacerdotal era realmente íntima; y según Josefo, capitaneó un ejército enviado por el Farón contra los etíopes. Simplicio afirma que Moisés recibió de los egipcios, en los Misterios, las doctrinas que enseñó a los hebreos. Y Clemente de Alejandría y Filón afirman que Moisés fue teólogo y profeta, así como intérprete de las Leyes Sagradas. Manetón, citado por Josefo, dice que era Sacerdote de Heliópolis, y que su verdadero y auténtico nombre egipcio era Asersaf u Osarsif. En el modelado de la institución sacerdotal hebrea, en sus poderes y privilegios, así como en sus inmunidades y la santidad que les era conferida, Moisés siguió escrupulosamente el patrón de las instituciones egipcias, haciendo público el culto a esa Deidad que los egipcios adoraban en privado, y esforzándose por impedir que el pueblo retornase a su viejo sincretismo de supersticiones caldeas y egipcias y a la idolatría, cosa que siempre estuvieron dispuestos a hacer; como demuestra el hecho de que Aarón, ante el descontento popular, restaurase el culto al dios egipcio Apis bajo la forma de un becerro de oro.


La celebración de los Misterios Griegos continuaba, según las opiniones más autorizadas, durante nueve días. En el primero se encontraban los iniciados. Era el día de la Luna Llena del mes de Boedromion, cuando la luna está llena al final del signo de Aries, cerca de las Pléyades y del lugar de su exaltación en Tauro. En el segundo día se celebraba una procesión hacia el mar, con baños purificadores. El tercero se ocupaba en ofrendas, sacrificios expiatorios y otros ritos religiosos, tales como ayunar, practicar el duelo y la continencia, etc… Se llevaban a cabo ofrendas de grano y de animales vivos. En el cuarto se llevaban en procesión la mística corona de flores, representando las que se le cayeron a Proserpina cuando fue capturada por Plutón, así como la corona de Ariadna en los Cielos. Era llevada en un carro triunfal tirado por bueyes, y las mujeres lo seguían llevando cofres rituales envueltos en telas púrpuras que contenían granos de sésamo, galletas piramidales, sal, granadas y la misteriosa serpiente; y quizá el falo místico. En el quinto se celebraba la soberbia procesión de antorchas, que conmemoraba la búsqueda de Proserpina por Ceres. Los iniciados marchaban en tríos, portando cada uno una antorcha. A la cabeza de la procesión marchaba el Dadoukos. El sexto día estaba consagrado a Íacos, el joven Dios – Luz, hijo de Ceres, levantado en los santuarios y portando la antorcha del Dios – Sol. El coro de Aristófanes le ensalza como “estrella luminosa que alumbra la iniciación nocturna”. Era portado, con su cabeza coronada de mirto, desde la puerta del Cerámico hasta Eleusis por la Vía Sacra entre danzas y canciones sagradas. En el séptimo día tenían lugar ejercicios gimnásticos y combates, cuyos vencedores eran coronados y recompensados. El octavo día era la festividad de Esculapio. En el noveno día se celebraba la famosa libación por las almas de los difuntos. Según Ateneo, los sacerdotes llenaban dos vasijas y situaban una en el Este y otra en el Oeste, próximas a las puertas del día y la noche, y las volcaban pronunciando una misteriosa oración. De esta forma invocaban a la Luz y la Oscuridad, los dos grandes principios de la Naturaleza.


Así continuó Apuleyo: “Cuando estaba por fin a punto de ser iniciado, fui conducido a unos baños próximos, y tras bañarme, el Sacerdote solicitó en primer lugar el perdón de los Dioses, y me asperjó por todo el cuerpo con la más clara y pura agua, llevándome de vuelta al templo; Donde, tras proporcionarme una instrucción que la lengua mortal no me permite revelar, me instó a restringir mi apetito durante los siguientes diez días, a no comer carne ni pescado, y a no beber vino. Una vez pasados estos diez días, el Sacerdote le llevó a la parte más interior del Santuario. Y aquí, estudioso lector, por ventura estarás suficientemente ansioso por conocer lo que se dijo e hizo, lo que, de ser lícito divulgar, yo te diría; y de ser lícito escucharlo, tú lo oirías. Sin embargo, aun a riesgo de ser presa del castigo destinado tanto a los que revelan como a los que escuchan, y por temor a que resultes demasiado atormentado por el ansia religiosa y sufras el dolor de un suspense demasiado prolongado, diré la verdad. Escucha, pues, lo que te relataré: Me aproximé a la morada de la muerte; con mi pié atravesé el umbral del Palacio de Proserpina. Fui transportado a través de los Elementos, y traído de vuelta de nuevo. A Medianoche contemplé la brillante luz del Sol resplandeciente. Permanecí en presencia de los Dioses, de los Dioses del Cielo y de las Sombras del Inframundo. Permanecí próximo, y adoré. Y esto que te he dicho queda necesariamente fuera de tu entendimiento, y más allá de la comprensión del profano, de forma que he podido enunciarlo sin cometer el crimen de revelar lo que no debe ser revelado. Cuando la noche hubo pasado y el día amanecido, las ceremonias habituales llegaron a su fin”. Entonces fue consagrado con doce estolas puestas sobre él, fue vestido, coronado con hojas de palma y mostrado al pueblo. El resto de ese día fue celebrado como su cumpleaños y transcurrió entre festividades. Y al tercer día se repitieron las mismas ceremonias religiosas, incluido un desayuno litúrgico, seguido de una consumación final de las ceremonias.


La instrucción simbólica queda recomendada por el empleo constante y uniforme que experimentó en la antigüedad, pues ha mantenido su eficacia a través de todos los tiempos como sistema de comunicación mistérica. La Deidad, en sus revelaciones al hombre, adoptó el uso de imágenes naturales con el propósito de realzar las verdades sublimes, y Cristo enseñó por medio de parábolas. El misterioso conocimiento de los druidas fue plasmado en signos y símbolos. Taliesin, describiendo su iniciación, comenta: “Los secretos me fueron mostrados por la vieja Gigante Ceridwen (o Isis), sin emplear un lenguaje audible”. Y añade, “Mi destreza es silenciosa”. La Iniciación era una escuela en la que se impartían las verdades de la Revelación primitiva, la existencia y atributos del Dios Uno, la inmortalidad del alma, la recompensa y el castigo en una vida futura, los fenómenos de la Naturaleza, las artes, las ciencias, la moral, las leyes, filosofía y filantropía, y lo que ahora conocemos como psicología y metafísica, junto con el magnetismo animal y otras ciencias ocultas. Todas las ideas de los sacerdotes del Indostán, de Persia, Siria, Arabia, Caldea y Fenicia eran conocidas por los sacerdotes egipcios. La racional filosofía india, tras penetrar en Persia y Caldea, dio origen a los Misterios Egipcios. Vemos que el uso de jeroglíficos fue precedido en Egipto por el empleo de símbolos y figuras fácilmente comprensibles, procedentes de los reinos mineral, animal y vegetal, ya empleados por indios, persas y caldeos para expresar su pensamiento; y esta filosofía primitiva fue la base de la posterior filosofía de Pitágoras y Platón.


Nada sobrepasa y nada iguala, como compendio de todas las doctrinas del Mundo Antiguo, a esas breves palabras grabadas por Hermes en una roca, conocida bajo el nombre de “La tablilla de Esmeralda”; la Unidad del Ser y la Unidad de las Armonías, ascendiendo y descendiendo por la escala progresiva y proporcional de la Palabra, y el desarrollo de las analogías universales; la relación de la Idea con la Palabra, que proporciona la medida de la relación entre el Creador y lo Creado; las matemáticas necesarias de lo Infinito, demostradas por las medidas de una pequeña porción de lo Finito. Todo esto queda expresado por esa única sentencia del Gran Hierofante egipcio: “Lo Superior como lo Inferior, y lo que es Abajo como es Arriba, para formar las Maravillas de la Unidad”.

 

El Apocalipsis es, para aquellos que reciben el Grado XIX, la Apoteosis de esa fe Sublime que aspira únicamente a Dios y desprecia todas las pompas y las obras de Lucifer. ¡Lucifer, el Portador de la Luz! ¡Extraño y misterioso nombre para otorgárselo al Espíritu de la Oscuridad! ¡Lucifer, el Hijo de la Mañana! ¿Es él quien lleva la Luz, y quien con sus esplendores intolerables ciega a las almas débiles, carnales o egoístas? ¡No lo dudes! Pues las tradiciones están llenas de Revelaciones Divinas e Inspiraciones, y la Inspiración no pertenece a una época ni a un credo. Desde luego, el Apocalipsis es un libro tan oscuro como el Sohar. Está escrito de forma jeroglífica, con números e imágenes; y el Apóstol con frecuencia apela a la inteligencia del Iniciado. “¡Que el que tenga conocimiento, entienda. Que el que tenga entendimiento, calcule!”, dice a menudo, tras la alegoría o mención de un número. San Juan, el Apóstol favorito, y depositario de todos los Secretos del Salvador, no escribió, por lo tanto, para ser comprendido por la multitud. 

 

El Trabajo es un ministerio más beneficioso de lo que la ignorancia del hombre puede comprender, o de lo que sus lamentos admitirían. Incluso cuando no se percibe su finalidad, no es esfuerzo desperdiciado. Siempre es entrenamiento, desarrollo de energía, alimento de virtudes y escuela de mejora. Desde el pobre niño que recoge unas ramas para la hoguera de su madre, hasta el fornido hombre que abate el roble, guía el barco o el coche de vapor, todo trabajador, con cada paso agotador y cada tarea urgente, obedece a una sabiduría que está muy por encima de su entendimiento, y cumple una misión más allá de su propio destino. La gran ley de la industria humana es esta: que el trabajo, llevado a cabo con la mano o con el intelecto, la aplicación de nuestras capacidades a alguna tarea, para alcanzar algún resultado, es el cimiento de todo mejoramiento humano. El destino más elevado del hombre no es ser feliz y deleitarse en cosas placenteras. Su verdadera fuente de desgracia debería ser encontrarse en la imposibilidad de trabajar, no pudiendo cumplir su destino como ser humano. Los días se van, nuestra vida pasa, y llega la noche en la que ningún obrero puede trabajar. Una vez que esa noche ha llegado, nuestro pesar y nuestra alegría se desvanece, se convierte en lo mismo que las cosas que nunca fueron. Pero nuestro trabajo no desaparece. Permanece, igual que permanece la voluntad que lo llevó a cabo, por toda la Eternidad y los Siglos de los Siglos. Y la Masonería es la apoteosis del trabajo.