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JOAN-FRANCESC PONT PROLOGA "RITO MODERNO"

  • Fecha:17-10-2014

Joan-Francesc Pont, Gran Comendador del Supremo Consejo Masónico de España (SCME), ha prologado la obra de Víctor Guerra Rito Moderno.

Víctor Guerra, un masón recalcitrante

En el trágico olvido del significado de las palabras y aun en el abandono y el desconocimiento de las palabras mismas que caracteriza este inicio de siglo y que redescubro cada día en las conversaciones con mis estudiantes, el lector quizás haya experimentado alguna sorpresa al ver el adjetivo que he dedicado en el título, precisamente, al esforzado escribidor de la obra que ha escogido para aprender (¡y desaprender!) algunas cosas importantes sobre la Francmasonería.

Permítame el curioso y, tal vez, sorprendido lector, enviarle un mensaje liminar de aliento: en la lectura del libro que tiene en sus manos hallará la plena justificación de su voluntad investigadora al atreverse, como nos ordenaba Kant, a saber, a renunciar a la cómoda molic

ie de la ignorancia mediocre y ¡tan cómoda!, y a romper, una vez más, con el fiel seguimiento de falsas ortodoxias para buscar la luz por la senda a la vez difícil y apasionante de la heterodoxia.

No quiero adelantar acontecimientos ni mucho menos las conclusiones libérrimas del lector, pero no sería extraño que descubriera en el seguidismo acrítico de los dogmas la fuente de la oscuridad y en el valiente ejercicio de la libertad de elección, es decir en la herejía, que en griego quiere decir, precisamente, elección, el candil de una tenue luz capaz de permitirle avanzar poco a poco en el ejercicio de la actividad más humana de todas, que es el libre pensamiento.

Mi Hermano Víctor Guerra es, sin lugar a dudas, uno de esos herejes que tenemos solo en contadas ocasiones la fortuna de hallar en nuestro camino para aprender de ellos. Un hereje en un tiempo y en un lugar. Redacto estas líneas en la soledad de la biblioteca que rodea la cercha del solar de mis mayores, acompañado de mis mejores compañeros de viaje, los libros.

Ha entrado mi primo, que ha vuelto a la agricultura, sabiamente, después de muchos años en la construcción, y lo ha hecho como ya sólo se hace en los pueblos, sin avisar, en un ejercicio de confianza natural y desacomplejada, pero a la vez exquisitamente cortés.

Hemos hallado un pariente común sobre el que ha vertido algunas críticas y, para no desairarle, sin sumarme a sus comentarios, porque en este tema (como en tantos otros, cada vez más) prefiero poner una prudente distancia, y le he dicho: es que este hombre es atemporal.

Atemporales son tantas personas que no perciben el valor de la dimensión «tiempo» en uno, más o todos los aspectos de su vida. Víctor Guerra —he pensado nada más irse mi primo, a quien he acompañado hasta la puerta de la buhardilla, pero no hasta la calle, como una muestra de proximidad—, Víctor Guerra, decía, es todo lo contrario que atemporal.

Víctor está activamente en el momento preciso y vive con pasión cada instante. Su libro refleja esta temporalidad militante, porque oscila entre la reflexión serena sobre la filosofía del rito y la crónica del presente al que ha contribuido y del pasado en el que ha buceado sin desmayo. Esta temporalidad afilada, si se me permite la figura, se acentúa cuando el cronista relata hechos y circunstancias en las que, al observar la realidad, se ve a sí mismo como uno de los actores. Entonces hallamos a Víctor Guerra en estado puro, viajando sin cesar desde su atalaya de observador a su lugar en el escenario y viceversa.

¿Desaprender?, decía hace un instante. Sí, desde luego: lanzar lastre por la borda para navegar mucho mejor. Las lecciones (en efecto, porque lección es sinónimo de instrucción) contenidas en este libro nos animan a desaprender las tonterías acumuladas a lo largo de nuestra vida.

Una de ellas es la que asocia el Gran Arquitecto del Universo a ciertos ritos como el Escocés y lo aparta de otros, como el Francés. Crasa ignorancia. El Gran Arquitecto del Universo es un símbolo común de la Francmasonería universal que se propone como tal símbolo a la libre interpretación de los hermanos. En lo que aquí interesa, de igual modo en el Rito Escocés que en el Rito Francés. Basta leer los rituales solventes.

La historia de cada taller y de cada obediencia habrá aconsejado en ocasiones prescindir de ese símbolo, más como reflejo del mundo profano que como una necesidad de la Orden en sí misma. Esto ha conducido a que hoy hallemos talleres de cualquier grado en Rito Escocés que no invocan al Gran Arquitecto y talleres de Rito Francés que sí lo hacen.

La querella sobre el Gran Arquitecto es de otro tiempo y se halla ya completamente superada. Ni el Gran Arquitecto ni los dioses son el problema. El problema son los clérigos celosos del poder temporal, como aquel A.D. Sertillanges, O.P. que en 1934 escribía su catecismo a los incrédulos reclamando la monarquía universal a las órdenes del Papa y censurando gravemente cualquier forma de democracia. Las resonancias de esta frase se hallan hoy en todos los integrismos y contra ellos dirige la Francmasonería su militancia por un humanismo abierto, inclusivo y liberador.

Hay algo magnífico en el estilo del autor que resulta de su capacidad para asumir dos papeles casi antagónicos y que muy pocas personas llevarían con elegancia: en ocasiones, cuando viaja al pasado, lo hace con tal intensidad que parece adoptar también la dualidad del investigador y del protagonista.

Me imagino entonces a Víctor en una logia de los Modernos durante la querella con los Antiguos o pidiendo una cerveza en The Crown o discutiendo con sus Hermanos en la rue Cadet… muy poco después de que Murat adquiriera el edificio para la Orden. Y no es ya que me lo imagine, es que «le veo» en un Banquete ritual vigilando estrictamente el cumplimiento de las reglas del Régulateur… hasta el extremo de que sus consejos guiaron el ceremonial que sigue hoy en su Banquete de Orden, en lengua catalana, la R#L# Pedra Tallada nº 70 (GLSE) al Oriente de Palafrugell cada solsticio de invierno. La Secretaria del Taller ampurdanés durante el curso 6011-12 recibió decenas de correos de Víctor transmitiendo su calor durante el período fundacional. Un detalle no anecdótico, como trataré de explicar.

Víctor Guerra fue el artífice de la publicación de la versión castellana de los rituales franceses del Régulateur du Maçon de Roëttiers de Montaleau, en vigor a principios del siglo xix. Acogió su benemérito trabajo la editorial MASONICA.ES, sobre cuya labor no estaremos nunca suficientemente agradecidos a Ignacio Méndez-Trelles Díaz. Quede constancia aquí de mi público reconocimiento a Víctor y a Ignacio por haber puesto a nuestra disposición esas bellísimas piezas de liturgia masónica.

Los pequeños rituales azules del primigenio Rito Francés son solo una muestra de la capacidad de estudio y de difusión del conocimiento demostrado por nuestro autor quien, generosamente, vierte regularmente sus frutos en diversos cuadernos de bitácora difundidos en la Red.

Víctor Guerra es atrevido en sus postulados porque no teme rectificar si una evidencia posterior cuestiona conclusiones anteriores. Demuestra así su audacia y su honestidad, dos virtudes que al coincidir en un mismo sujeto le otorgan una indudable virtud y un irresistible atractivo.

Si un día alcanzáramos el ideal de una Francmasonería hispana unida, ecuménica y orgullosa de su pluralidad, Víctor Guerra sería, sin duda, uno de sus referentes y, solo entonces, me prestaría a retornar durante un trienio al Consejo de la Orden, de esa Orden abierta y universalista, para compartir acuerdos posibles y desacuerdos superables con Hermanos como Víctor y con otros Hermanos que han/hemos aprendido a descubrir la riqueza de las divergencias fraternalmente expresadas en el centro de la unión, una bella metáfora masónica que nos compele a reducir la distancia de separación nacida de nuestras respectivas trayectorias personales.

Porque, en efecto, la Francmasonería es la provocación intelectual y afectiva a los seres humanos que consiste en invitarles, sin distinciones, a sentarse en la misma mesa de un ágape. En sentido figurado, en el templo. Físicamente, en la sala húmeda. Políticamente, en la construcción de la Ciudad.

Éste es el mensaje que comparto con Víctor Guerra y que explica nuestra franca amistad, así como la interiorización del método propuesto para la resolución de conflictos en el Rito Francés.

Cuando el Venerable Maestro observa que existe un problema entre dos hermanos, les hace situar entre columnas y les ruega que se abracen, superando aquello que les hubiera distanciado. Esta prueba de optimismo se completa con el paso que ha de dar el primer mallete del taller si los hermanos persisten en su enfado: descenderá por los peldaños del Este y abrazará a los dos litigantes, un gesto que el Rito augura como suficiente para deshacer el entuerto.

Estoy seguro de que Víctor se habrá alegrado de que haya aprovechado este prólogo de fraternidad militante, para reivindicar la Francmasonería como un espacio de amistad social, entendiendo este concepto como lo hicieron los krausistas —y, entre ellos, tantos hermanos nuestros— o como lo hace hoy Ignacio Merino en su delicioso Elogio de la Amistad, entre cuyas líneas el lector avisado descubrirá la fe masónica de Ignacio y su aproximación (no excluyente) al Rito Francés.

Apelando a la paciencia de Víctor y del sufrido lector, voy a tratar de transmitir esta idea de una forma todavía más clara.

No es mi masonería la que conlleva o consiente enfrentamientos mal resueltos, conspiraciones de salón o enemistades irredentas. Todo esto ya lo tenemos en el mundo profano.

La Orden es incompatible con las tensiones entre los seres humanos (o debería serlo), porque pertenece a la intimidad de sus miembros. Expliquémosle a nuestros hermanos y a nuestros conciudadanos que la Francmasonería no es una asociación a la que te afilias, sino una Orden en la que te inicias, una diferencia que lo es todo en la comprensión de su existencia.

Cuando el neófito permite que le priven de la visión y ha de confiar en el brazo que le sostiene durante el tiempo de oscuridad y de incertidumbre está también diciendo que se halla en el umbral de compartir un vínculo alejado de máscaras y de corazas, donde el sentimiento prime sobre el papel que cada uno juegue en el teatro de la vida. Éste es el significado de la igualdad radical que reina en el seno de la logia, abandonados en el atrio del templo los oropeles o las miserias del mundo exterior.

Un mundo exterior, sin embargo, que el Francmasón ni olvida ni abandona. Hay un templo en Bruselas que decoró el Occidente con evocaciones del ruido exterior —de la realidad tal cual es— para que el contraste con el silencio interior no fuera causa de alienación o de soberbia. La Francmasonería es muy consciente de que en su seno no hay ni gurús ni discípulos, sino sólo luchadores por el progreso de la humanidad. Un progreso que, a menudo, comportará combatir a los gurús y a los falsos maestros para promover la emancipación de los espíritus.

La razón de ser de la Orden es, precisamente, ésta, la destrucción de las losas que pesan sobre los cerebros de tanta gente que ya no se atreve a pensar y que ha vendido su alma por el plato de lentejas de la falsa seguridad que le da seguir órdenes. La Francmasonería es, esencialmente herética, repito, con el sentido etimológico de hacer posible el derecho de elección, y acoge en su seno, de forma natural, a un hereje obstinado y terco como Víctor Guerra.

Víctor ha proyectado esa obstinación y esa terquedad, tamizadas por su condición de verdadero constructor del templo, de buen y fiel masón, y entendidas como la práctica de la virtud de la constancia, en el estudio, la práctica, la mejora, la agitación y la propaganda sobre el Rito Francés.

Este libro es una muestra de ello y me siento honrado de haber hallado cabida en sus páginas, con el mero objetivo de animar al lector a proceder rápidamente a su lectura, disculpando el atrevimiento de mi intromisión. Va a descubrir las vivencias sinceras, expuestas sin afeites, de un masón recalcitrante.

En efecto, Víctor Guerra se halla tan fuertemente impregnado de Francmasonería que han llegado a coincidir sus itinerarios vital y masónico. Su fe en el ser humano es ya indestructible. Da cada uno de sus pasos con un firme golpe de talón, lo que nos remite a la etimología del adjetivo escogido para definirle, como expresión de su reincidencia en el servicio a la Orden y a la Humanidad.

Ametlla de Segarra, 22 de febrero de 6014 (V.·.L.·.)

Joan-Francesc Pont Clemente

Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Masónico de España (REAA)